LOS OTROS CUENTOS (2019)

La plañidera y otros cuentos, Noela Covelo, 2019

La tradición, como la traducción, tiene algo de traición. Hay más cuentos, no solo el de la plañidera. Hay otros cuentos. Pero en todo proceso de selección hay traición y hay algunos cuentos que no se nombran. Y no son necesariamente los menos importantes. De todas las cosas hay algunas que desaparecen o se gastan o se mueren y hay otras que permanecen. Y de todas las cosas hay partes que permanecen y otras partes que se gastan o se mueren o se van. Y otras que permanecen. Algunos cuentos también desaparecen y la plañidera los llora sentada en su silla de madera oscura. Y el de la plañidera es un cuento importante, pero no necesariamente el más importante. Pero no todo queda. Ni todo fluye, ni todo marcha.

Me caí en el río o nos caímos todos y en el río recogimos xesta y recogiste tú estos juncos que ahora se han ido secando y están amarillos, supongo, porque hace mucho que no los veo. Y los juncos han ido absorbiendo un poco de energía del lugar y eso es malo para los juncos pero bueno para la casa, o al revés. Y la gracia es hacerlo, es un ritual, me dices. Los rituales hay que hacerlos y si hace falta pues se repite de nuevo con juncos verdes y volverán a quedar amarillos cuando recojan toda la energía, especialmente la del sol y la del aire.

Tuviste que aprender a soldar. La democracia no se fragua, se suelda. Se suelda con pequeños puntos que se unen y luego se pulen para que parezca que todo es más perfecto y más sólido de lo que de verdad es, porque la democracia también es elección y también tiene algo de traición. Nunca he entrado en una de esas cabinas. La democracia es un secreto. La democracia no se ejerce, se salda.

Tuviste que aprender a soldar y a hacer muchas otras cosas como a unir alambres porque no podías soldarlos. Les diste forma de espiral como si fueran artilugios arcanos o amuletos. Tuviste que aprender a dejarte llevar y a que la forma no siempre responde a lo que esperamos que responda. A veces simplemente responde sin más. Y al fin y al cabo, ¿no hay también algo de traición cuando no tienes ningún argumento más que tu propia intuición para retorcer un alambre y darle forma?

Hiciste unas canciones. Las cantaste con tu voz, que es propia. Tuviste que aprender a hacerla propia y cada día lo es más. Tu voz canta muchos cuentos de plañideras y de llantos y de alegrías porque, que le vamos a hacer, a veces los cantos son plañidos para unos y alegrías para otros o las dos cosas a la vez, o al revés. En este cuento todo el mundo llora y nadie entiende demasiado bien porqué. Y al final ríen y vuelven a llorar.

Encontraste la tela de obra, la que ponen por encima de los andamios, en una ciudad que estaba llena de andamios con telas, tantas que casi se habían convertido en invisibles hasta que empezaste a buscarlas y de golpe aparecieron todas allí como si hubieran salido de golpe de sus escondites. Te estaban esperando. Y colocaste la tela de la obra sobre el andamiaje que soporta de una forma un tanto precaria nuestra sociedad, que está en obras, o que está en constante rehabilitación o tal vez está más bien en una infinita demolición cíclica, que no es exactamente una traición aunque lo parezca.

Y colocaste los altavoces que reproducen tu voz, tu voz azul, seca, tu voz compleja y cada vez más propia. O más tuya. Pero no hablan por ti aunque a veces lo parezca, no son tú, son otros en una clara traición a ti misma. El folclore no es de nadie. Solo es lo que ha quedado de una reducción sucesiva en la que nadie puede escoger los azúcares o las sales y solo queda un poso. Es un poso rico, no un desecho con el que en el futuro vayan a hacer boles tras descubrir que es en realidad un material útil. Es un poso fértil, un poso rico en nutrientes pero que ya casi nadie quiere beberse. Y seguramente en el futuro ya no se beberán zumos pero aun nunca sabemos lo que viene y a pesar de todo seguimos pendientes, echándole quinielas al abismo. Proyectando una y otra vez el pasado en el presente. Yo creo que comeremos pilas y que nadie tendrá hijos y que las charangas serán telepáticas. Pero seguro que me equivoco.

Descubriste el terreno resbaladizo donde se amarran la raíces o del que no puede agarrarse ni siquiera la raíz más fuerte. O descubriste más bien que hay plantas que no necesitan agarrarse a su realidad con raíces y que el viento las lleva y las trae. Lo que hay o lo que es no lo sabemos, intuimos que hay siempre un proceso que es complejo y que deja siempre algo fuera y algún desecho. Y no pudiste agarrarte porque resbalaba y no somos árboles y no tenemos raíces.

Había un altavoz y una hoja en una de las bolsas que generaba la tela, porque era una tela muy grande. Recuerdo perfectamente la fotografía. Ahora tus voces están repartidas y ese altavoz y esas hojas han quedado ahí para siempre impresas sobre seda, planta sobre planta, plástico sobre tela de plástico. No todo se queda, casi nada se queda, todo se va o se transforma. Y se oye tu voz lejana si estas lejos, cercana si te acurrucas. Tomen asiento que hay moqueta.

Me tumbo. Se repite un vez más el teclado dorado que suena a cable de acero y sabe a recubrimiento de plástico roto. A toma de tierra. Todo esta ya desmontado. La democracia se desmonta en piezas. Se reduce a pedazos. Son piezas incómodas. Piezas que se clavan, desmontada la democracia es un estorbo. Ahora ya están metidas dentro de la bolsa negra, en el carro. Al final parece que caben. Los altavoces ordenados, con sus respectivos cables. Los pañuelos plegados. La pamela se puede plegar, no te preocupes por los espirales, los volveré a hacer siguiendo mi intuición, a lo mejor me flipo y digo que es todo simbología celta. Todo está empaquetado, van a retirar la moqueta, un hombre se agacha en un extremo y saca la cinta de doble cara que aun lo amarra al suelo mientras desde el otro lado una mujer empieza a enrollar y hacen un gran tubo de tela gruesa. Y te dice: “¿esto también te lo vas a llevar?” y te piensas que es una broma. Cómo ibas a llevártelo. Demasiado peso. Todo este pasado pesa demasiado.

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